Para que la Humanidad Pueda Sobrevivir

Relato con mención de honor en el concurso de relatos cortos del GT de Talavera X Aniversario.

Como ya hice el año pasado, me he animado a escribir un relato corto para la X edición del GT de Talavera. Aunque el relato no fue galardonado con uno de los tres primeros puestos, se hizo merecedor de una mención de honor del jurado. Esta mención de honor, teniendo en cuenta que el nivel era muy elevado, casi sabe a premio en sí misma.

He aquí Para que la Humanidad Pueda Sobrevivir. Espero que lo disfrutéis y, si queréis, podéis ver a continuación un breve resumen del proceso de su escritura.

Para que la Humanidad Pueda Sobrevivir

El pasillo, apenas iluminado por los escasos lúmenes activos durante el turno de noche, desemboca en una puerta metálica. Sobre esta, gravadas en las planchas de metal, pueden leerse las palabras en alto gótico:

HOMO MORI DEBET UT HUMANITAS VIVIRE POSSIT.

La adepta medicae Blayvel se detiene frente al umbral y, como siempre, lee para sí las palabras en bajo gótico.
—El hombre debe morir para que la humanidad pueda sobrevivir.
Sin más dilación, acerca su rostro a la lente alojada en el servocráneo de seguridad que ejerce de centinela junto a la puerta. El dispositivo escanea la retina de la mujer y, tras emitir un estridente pitido, acciona el dispositivo que abre las puertas. Se adentra en su zona de trabajo y espera a que la puerta se cierre tras de sí. El mecanismo tarda algo más de lo habitual, y la medicae recuerda que debe avisar a mantenimiento. Desde la irrupción de la Cicatrix Maledictum, todo parece funcionar de forma deficiente y los equipos de reparación no dan abasto.

Blayvel deja sobre la mesa la taza de recaf humeante y da cinco pasos hasta colocarse en el centro de la sala de autopsias. La adepta recorre con su mirada el espacio, tan familiar para ella, asegurándose de que todo está en orden. Cada instrumento, cada lumen y cada producto debe ocupar el lugar que le corresponde. La luz, blanca y brillante cae sobre la camilla donde espera el cuerpo que debe examinar. Alrededor, las sombras cubren el resto del laboratorio donde se insinúan las siluetas de mesas, dispensarios y archivadores. Al fondo puede distinguir el tenue reflejo de la luz en las puertas metálicas de las cámaras frigoríficas.
La adepta inspira profundamente llenado sus pulmones con el aire frío y cargado del olor de los antisépticos y los productos de limpieza. Suelta el aire poco a poco mientras vacía su mente de cualquier pensamiento que pueda distraerla de su trabajo.

En una ocasión, el adepto primus Bodkin la amonestó por este pequeño ritual. En la opinión del veterano instructor, la fijación de la adepta con el orden era excesiva. Todavía puede recordarlo agitando furiosamente el rechoncho dedo índice frente a su cara mientras dice: “el tiempo es el recurso más valioso que tenemos, adepta Apgar. Desperdiciarlo es blasfemar contra El Emperador”. Sin embargo, ella ha mantenido su rutina. Sabe que esos escasos minutos de preparación mejoran la eficacia en su trabajo. No desperdicia el tiempo; lo invierte. Pero, claro, ya no tiene que justificarse ante nadie. Hace años que el viejo Bodkin dejó este mundo para reunirse con el Emperador, y ella misma es ya una adepta plenamente formada y con una reputación de impecable eficacia.

Blayvel da dos pasos firmes hacia la camilla. Toma el delantal que reposa en la mesa de instrumental y lo desdobla, atándolo con soltura a su espalda. Seguidamente se pone la mascarilla quirúrgica y se cubre el rostro con la máscara transparente de protección. Por último, enfunda sus manos en los largos guantes de goma que cubren su brazo hasta el codo.

—Inicio de secuencia —Dice, como ha hecho ya innumerables veces.

Con un zumbido, el servidor asistente que espera junto a la camilla se activa. Sus ojos vacíos se clavan en un punto indeterminado al frente y sus brazos mecánicos, cubiertos con herramientas destinadas a perforar, cortar y suturar carne, se alzan a la espera de nuevas órdenes.

Sobre la camilla, suspendida de una barra metálica, la vocounidad se activa. El piloto rojo que señala el inicio de la función de grabación comienza a parpadear hasta quedar fijo, indicando que todo está siendo registrado.

Casi al mismo tiempo, el implante craneal de la medicae se activa. El sofisticado espíritu máquina del dispositivo enlaza con la noosfera de la ciudad colmena y recupera los datos del sujeto.

—Autopsia número 78165-BZ1. Interviene la adepta medicae alphus Apgar Blayvel. Pensamiento del día: el deber sólo termina con la muerte.

Se detiene un segundo mientras el sistema consigna la fecha y hora de la grabación antes de proseguir.

—Nombre del sujeto: Birk Mozes. Operador de servicio clase epsilon. Sector 47-F. Varón. 37 años. 78 kilogramos de peso. 1.71 centímetros de estatura.

Continua dictando los datos que se van volcando en forma de texto en el interfaz de su implante ocular. Por un instante, se pregunta por qué la muerte de un operario de baja categoría ha llegado hasta su mesa. Pero no tarda en descartar sus reservas. Como dice el Credo Imperial, “bendita sea la mente demasiado pequeña para dudar”. Si el Adeptus Aribites ha ordenado esta autopsia, tendrá sus motivos.

Con un pensamiento desplaza los datos del implante retinal a la periferia de su visión y se inclina sobre el cuerpo desnudo. Su mirada experta recorre cada centímetro del cadáver.

—El primer examen tanatológico no revela traumatismos. No se aprecian lesiones ni heridas visibles en el cuerpo. No hay señales aparentes de hipoxia ni de intoxicación. El examen toxicológico es negativo. La lividez y temperatura del cadáver en el momento de ser encontrado revelan que el sujeto llevaba menos de 6 horas muerto.

Con movimientos seguros, la adepta procede a tomar varias muestras de tejido, orina y humor vítreo que encapsula en frascos herméticos para su posterior etiquetado y clasificación.

Es durante esta operación que detecta la primera anomalía. Es apenas perceptible, pero el abdomen está distendido más allá de lo que justificaría la actuación de los gases de la descomposición.

—Procedo a la incisión toracoabdominal y el examen y pesaje de las vísceras —dice para la unidad de grabación. Seguidamente introduce una secuencia en la consola de la mesa y el servidor monotarea se pone en movimiento.

Con una precisión y velocidad inhumanas, la criatura que una vez fue una persona despliega su instrumental y procede a cortar la carne y los músculos del sujeto. El hedor es insoportable. Tanto que incluso la veterana adepta no puede evitar echarse hacia atrás repugnada. El desagrado pronto da paso a la sorpresa y Blayvel se apresura operar la consola para desactivar al servidor.

El ser se aparta del cadáver, recuperando su anterior postura inerte y permitiendo a la medicae observar el imposible amasijo que conforman las tripas del operario muerto. Con una orden neural, el implante de ojo toma varias instantáneas que son almacenadas para su posterior descarga en los archivos.

—El sujeto muestra un grado de mutación extremadamente elevado en sus vísceras —establece mientras comienza a extraer los órganos—. Los intestinos, el estómago, el hígado y el bazo parecen atrofiados hasta ser casi irreconocibles… parecen haberse fusionado de algún modo.

Con un gruñido, deposita la masa que conforman las entrañas del sujeto en la mesa de pesaje. Apenas presta atención a los números que aparecen en la báscula, sabiendo que quedarán registrados en el informe de forma automática.

Se apresura a tomar una muestra del tejido extraño que amalgama las vísceras y, con manos temblorosas, la introduce en el micro-analizador. Afortunadamente, las dependencias del precinto del Adeptus Arbites cuentan con un equipo muy superior al que se podría encontrar en cualquier otro punto del planeta.

La máquina inicia su análisis. El material celular es despiezado y analizado por una tecnología cuyo funcionamiento es inescrutable para la adepta. En apenas unos segundos, los resultados son enviados al cogitador de la sala que, a su vez, envía los datos al implante craneal de Blayvel.

—No puede ser —masculla.

La adepta introduce los comandos para repetir el análisis. Sus movimientos, cada vez más apresurados, delatan un creciente nerviosismo. El cogitador no tarda en enviar los resultados del segundo informe que, como teme la madicae, son iguales a los del primero.

—Tras dos análisis se verifica que el tejido que amalgama es de algún modo similar al del encéfalo. Neuronas, sinapsis… Incluso hay evidencia de una capa membranosa similar a la barrera hematoencefálica —detalla, intentado disimular el temblor en su voz.

Los dedos de Blayvel vuelan sobre el teclado de la consola. La curiosidad se impone frente al horror de lo hallado en el interior del cadáver. Una incógnita que resolver. Un misterio sobre el que arrojar luz. Fue por estos motivos que la joven Apgar se decidió a centrar sus estudios y su carrera en la tanatología antes que en ramas menos singulares del Adeptus Medicae.

Sus labios esbozan una sonrisa triunfal cuando los resultados de la búsqueda comienzan a volcarse en su implante retinal.

—Un análisis comparativo con la base de datos del Apothecarion señala que el tejido neuronal tiene una coincidencia casi exacta con el hallado en sujetos con potencial psíquico —el nerviosismo de la voz de Blayvel ha desaparecido y ahora la tiñe el timbre de una contenida excitación—. Los datos señalan una coincidencia del 99.8% con especímenes señalados para su extracción en las Naves Negras por el Adeptus Astra Telepática. Además, el nivel de envejecimiento celular es casi nulo, lo que señala que la mutación tuvo que producirse de forma súbita.

Apgar se vuelve hacia el cuerpo, absorbiendo todavía la información que el cogitador envía de forma constante.

—A la luz de estos hechos, junto a los datos de que ya disponíamos, mi hipótesis es que el sujeto sufrió una rápida mutación que alteró la consistencia de su biología de forma dramática. El daño sufrido provocó daños irreparables en su fisiología que a su vez causó un fallo multiorgánico incompatible con la vida. Por el momento, la causa de la mutación acelerada es desconocida.

Mientras habla, la adepta recorre con la mirada el cadáver. Sus ojos se detienen sobre la cabeza, donde los ojos ya vidriosos del muerto lanzan una mirada vacía hacia el techo de la sala.

—El propósito del tejido extraño es desconocido, aunque basándome en la información de que dispongo, teorizo que antes de morir el sujeto debió alcanzar un terrorífico potencial psíquico, incluso capaz de emular al de un Astrópata. Nota: solicitar confirmación del enlace de la Scholastica Psykana.

Blayvel se vuelve a inclinar sobre la consola. Su mirada todavía fija en la cabeza inerte que reposa en la camilla.

—Si el contenido de la cavidad abdominal muestra estas anomalías… ¿Qué encontraremos en la cavidad craneal? —se pregunta, más para sí misma que para la grabación.

El servidor vuelve a cobrar vida, un sistema de ruedas y motores que reemplazan a las piernas que tuvo como ser humano lo desplazan a lo largo de la camilla hasta detenerse a la cabeza de la misma. Los brazos metálicos se alzan y las cuchillas se repliegan siendo sustituidas por una sierra circular y una ventosa rodeada de una serie de ganchos. Con precisión mecánica, la sierra comienza a cortar la parte superior del cráneo del cadáver mientras la ventosa lo mantiene sujeto. En pocos segundos la operación ha terminado y el brazo de la ventosa se retira sosteniendo pelo, piel y hueso.

—Inicio la extracción del encéfalo para la inspección endocraneal —anuncia Blayvel, apresurándose a tomar el instrumental necesario.

Con movimientos expertos, la medicae extrae el cerebro del sujeto y lo deposita en la bandeja de muestras.

—La báscula marca 2132 gramos. Un peso muy por encima de lo habitual. No se observan anomalías en el volumen del órgano. La única explicación, pues, está en una mayor densidad del tejido. Además, se observa un número inusual de circunvoluciones y profundidad de las anfractuosidades.

Como siempre, la adepta captura imágenes a través de sus implantes mientras realiza el examen.

—Como sospechaba —dice tras introducir una muestra de tejido en el micro-analizador. —Basándome en la muestra, el cerebro del sujeto posee aproximadamente un treinta por ciento más de neuronas del que debería tener un espécimen humano sin mutaciones o aumentos. Inicio la disección del cerebro en busca de anomalías internas.

Blayvbel se inclina sobre la mesa de disección bisturí en mano. Se pasa la lengua por los labios resecos, anticipando los misterios que encontrará dentro del órgano mutante. Una pequeña parte de su mente dispara una alarma. ¿De dónde procede esta creciente fascinación? ¿Se debe únicamente a su celo profesional? Sin embargo, los pensamientos que aconsejan prudencia se ven rápidamente apartados por la creciente curiosidad.

Procede a la incisión con seguridad. La masa se separa fácilmente, revelando un tejido carnoso y todavía húmedo. El ojo experto de la adepta detecta millares de pequeñas anomalías, pero su atención se ve atraída hacia una masa alojada en mitad del lóbulo frontal. El tumor, si es que es tal, está cubierto por una membrana venosa. Blayvel la aparta con delicadeza y es entonces cuando lo ve. Lo que tomaba por un tumor es en realidad un ojo, con un pesado párpado cerrado que, tan pronto se ve libre de la membrana se abre.

La mirada de la medicae se ve atrapada por la obscena pupila del extraño ojo que comienza a palpitar con una luz malsana.

La mente de Apgar Blayvel grita y se retuerce mientras la sala de autopsias a su alrededor desaparece. Se ve arrojada al exterior, más allá de la torre de la ciudad colmena y del mundo donde esta se alza. Abandona el sistema y se pierde en la oscuridad del espacio hasta que puede ver la inmensidad de la galaxia desplegada ante ella. El ojo la sigue mirando, aunque ahora es inmenso, abarcando millones de estrellas, y de él, como una lágrima impía, surge una brecha que divide la galaxia. Entre el mar de soles titilantes, alcanza a distinguir un patrón del que ella misma forma parte. Una fina línea unida por eslabones de dolor. De manera instintiva sabe que se trata de una algún infernal método de enviar información. Una que consume al mensajero.

Blayvel quiere gritar, pero no puede.

Arrojada de nuevo en un torbellino que quema sus pensamientos, su mente ve imágenes de matanza, de depravación y de excesos que ningún humano debería presenciar. Ante sus ojos, ejércitos innumerables combaten en una infinidad de frentes. A la cabeza de estos, marcha un coloso corona de oro que porta una armadura de zafiro y esgrime una espada de fuego. Resplandece con luz propia, pero a su alrededor las tinieblas se vuelven cada vez más densas, más amenazantes, hasta tomar la forma de una garra que pretende aplastar la galaxia en su puño.

—¡La mano de Abaddon! —Exclama la torturada adepta.

Justo cuando cree que no va a poder soportarlo más, la visión desaparece de forma tan súbita como llegó.

Tan pronto se ve liberada del embrujo, Blayvel cae al suelo de la sala de autopsias. Apenas le da tiempo a quitarse la máscara de protección y la mascarilla antes de vomitar violentamente.

Cuando consigue recuperar algo de compostura, intenta levantarse. Se siente enferma y sus extremidades tiemblan de forma descontrolada. Se apoya en la mesa para intentar impulsarse, pero está demasiado débil y se resbala. La adepta se estrella de nuevo contra el suelo arrastrando con ella varios documentos y la taza de recaf, ahora fría, que estalla en mil pedazos desparramando su contenido sobre las baldosas.

Intenta ponerse de rodillas y ordenar sus pensamientos. Sin embargo, todo viso de control desparece cuando ve en el reflejo de las puertas de las cámaras frigoríficas que hay un hombre tras ella.

Se vuelve con dificultad. Está demasiado exhausta para gritar o para intentar llegar al comunicador de la pared y dar la alarma. Se apoya en el lateral de la mesa mientras trata de enfocar su mirada en el intruso.

Es un hombre alto, de cabello rubio y con la piel extrañamente rojiza. Viste una armadura de caparazón sobre la que puede verse claramente el símbolo de la sagrada Inquisición del Emperador. Blayvel ha visto anteriormente a ese hombre. Recuerda verlo recorriendo el precinto del Adeptus Arbites como si fueran sus propios dominios. Entre el torbellino de pensamientos que laceran su cerebro agonizante surge un nombre.

—Rostov —dice en algo que está a medio camino entre un murmullo y un sollozo.

El Inquisidor se acerca con paso firme, y se arrodilla a su lado. Lleva su mano hasta un comunicador alojado en su oreja.

—Antoniato, inicia la purga de datos y prepara la extracción —la voz del hombre es profunda y calmada. Que no quede nada.

Sin esperar respuesta centra su atención en la medicae. Aparta el pelo de la frente perlada en sudor y la escruta de forma impasible.

—Siento que tenga que ser así —dice finalmente—. Ahora voy a tocarla y ver lo que ha visto. No será agradable, pero es necesario.

Rostov se quita el guante de la mano izquierda y la posa sobre la frente de Blayvel. La adepta apenas siente la intrusión en su psique sobre el dolor lacerante que ya la atormenta. Incluso siente cierto alivio al saber que la carga de sus visiones es compartida.

El contacto es breve. La mano del inquisidor se retira y este no tarda en volver a ponerse su guante.

—Es un milagro que siga con vida, adepta Blayvel —hay respeto y hasta cierto asombro en las palabras de Rostov.

Ella está demasiado débil para responder.

El hombre se levanta y se dirige a la consola de mandos donde introduce una secuencia. Al cabo de unos instantes una voz monocorde rompe el sepulcral silencio.

—Alerta de exposición a agente vírico. Purga en curso. Protocolos de incineración activándose en: SESENTA segundos.

Rostov se dirige hacia la salida, pero antes de abandonar la sala se vuelve hacia la medicae.

—Ha hecho usted un gran servicio al Imperio hoy, espero que ese conocimiento le proporcione algo de consuelo. Ojalá las circunstancias fueran otras, pero muchas veces mueren buenas personas…

—Para que la Humanidad pueda sobrevivir —le interrumpe ella con un hilo de voz.

Rostov asiente con solemnidad, y por primera vez Blayvel percibe un breve atisbo de emoción en el impasible rostro del Inquisidor.

—Protocolos de incineración activándose en: TREINTA segundos.

Rostov abandona la sala. Su sello inquisitorial supera con facilidad los sistemas de contención que se reactivan tan pronto cruza el umbral de la puerta.

—Protocolos de incineración activándose en: DIEZ segundos.

Blayvel contempla por última vez su sala de autopsias. Está exhausta y le parece que la cabeza le va a estallar. Le sorprende sentir un amago de rabia no por el final que le aguarda, sino por el terrible desorden en que ha quedado su área de trabajo. Ese viejo gordo de Bodkin encontraría la situación hilarante.

—Protocolos de incineración activándose en: CINCO segundos.

La cuenta atrás prosigue y Blayvel cierra los ojos, aún acosada por las visiones vertidas en su mente desde el Inmaterium. El fuego de plasma inunda la sala de autopsias, reduciendo a partículas subatómicas todo lo que esta contiene. El calor de un sol en miniatura consume la corrupción de la carne mutada, otorgando a Apgar Blayvel la paz del olvido.

Decidí escribir un relato basado en una idea que me lanzó el bueno de Hispanus, compañero en el amor al trasfondo de Warhammer 40k y en las colaboraciones de La Voz de Horus. La idea partir de una autopsia y que el lector se fuera haciendo una idea de qué sucesos terribles había detrás de la misma. Tomando esta semilla como base, me lancé a teclear y desarrollar el relato.

Mi propósito inicial era crear un relato puente con los sucesos de la saga Amanecer de Fuego y lo acaecido en la última novela publicada: Throne of Light (aún no ha sido publicada en español). En seguida pensé en el relato que se presenta de paralelamente a las grandes batallas y que narra las investigaciones de los agentes del Imperio que intentan adelantarse a las maquinaciones de los agentes del Caos.

Tan pronto me senté frente al ordenador, pensé en que ninguno de los relatos que he escrito hasta ahora había sido protagonizado pro un personaje femenino. Para que la Humanidad Pueda Sobrevivir cambiaría eso. Además vi la oportunidad de hacer mi propio y discreto homenaje a las mujeres que fueron pioneras en la medicina. La protagonista se llamaría Apgar Blayvel en honor a Virginia Apgar, anestesióloga que tuvo un papel fundamental en reducir la mortalidad en neonatos, y a Elizabeth Blackwell, primera mujer en conseguir el título de doctora en medicina en EEUU.

Victoria Apgar y Elizabeth Blackwell

Ya sólo restaba un obstáculo. No tengo ni la más remota idea de medicina. Así pues me lancé a la ingrata tarea de realizar una breve documentación sobre autopsias. Tras leer un par de breves resúmenes y guías forenses y criminológicas (y de ver algunas imágenes que me darán pesadillas durante años), me lancé a escribir Para que la Humanidad Pueda Sobrevivir.

Tardé poco en escribir el relato, pero una vez terminado me di cuenta de que tenía demasiadas referencias a la saga Amanecer de Fuego. Cuando introduces demasiados elementos externos, la propia trama del relato puede verse eclipsada. Así pues tocó revisar y rehacer una parte importante del texto. Tras una conveniente purga, la historia de la desdichada Apgar quedó listo en su forma final.

¿Y a vosotros? ¿Qué os ha parecido Para que la Humanidad Pueda Sobrevivir? Os leo en los comentarios.

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