Honor y Victoria

RELATO CLASIFICADO EN TERCER LUGAR PARA EL II CERTAMEN DEL CONCURSO DE RELATOS DE ACUPHAMMER

Hace poco más de un mes me animé a retomar la afición de escribir relatos y lo hice para participar en el II Concurso de Relatos Acuphammer. La verdad es que supuso romper una barrera personal dado que llevaba sin escribir (más allá de los breves textos de la campaña de Cobalus) desde hace años.

El relato rondaba mi cabeza desde hace mucho tiempo; en quinta edición cuando participaba en torneos a nivel competitivo. En aquellos días no se podía “sopear” ni jugar con alianzas de ejércitos, pero pinté una escuadra de Lobos Espaciales que incluía en mi lista para poder jugar el famoso duelo que enfrenta a los hijos del León y del Lobo. Mientras pintaba a mis fenrisianos imagné la historia de Egil Puñorrojo pero, al dejar el hobby, quedó en el olvido.

Egil fue la miniatura que inspiró el relato.

Ese relato nunca fue escrito más que en mi cabeza hasta que vi el anuncio del certamen de relatos de Acuphammer. Finalmente me senté frente al PC, ordené mis ideas y me puse a la tarea… Sin embargo, por voluntad del Emperador, no había escrito más que el título cuando recibí la invitación para participar en el programa de la III Crónica de la Herejía de Horus en La Voz de Horus.

Así pues, tras pasar varios días estudiando para el programa y pasar el sábado grabándolo, el domingo, último día de plazo, me fijé el objetivo de escribir y mandar el relato. Fue un visto y no visto. El relato salió solo y cuando lo terminé me di cuenta de que había excedido el número máximo de palabras. Casi a contrarreloj hice la criba necesaria y menos de una hora antes de que finalizara el plazo de entrega envié el texto.

Sin más, este es el relato. Espero que disfrutéis tanto leyéndolo como yo lo hice imagnándolo y escribiéndolo.

HONOR Y VICTORIA

La tierra se sacude con el constante bombardeo sobre la ciudad y en el horizonte, enrojecido por el reflejo de los incendios en el humo y el polvo, el último bastión de los herejes se yergue todavía desafiante. La ciudad es una ruina, pero sus defensores se niegan a rendirse. En las calles, ahora convertidas en un laberinto sembrado de muerte, las tropas del Astra Militarum llevan semanas enzarzadas en un combate encarnizado contra los rebeldes.

Eso ha terminado. Los traidores de Pirrus V están muertos, aunque todavía no lo saben. Los hijos de Fenris y los Ángeles Oscuros han convergido en este mundo para desdicha de los enemigos del Emperador.
Egil Puñorojo inspira. El aire está cargado por los efluvios de la guerra: cordita, promethio y cuerpos desaseados. Pronto a ese olor se unirán el de la sangre y la muerte. Pero todavía no. Antes hay que zanjar una cuestión de honor.

Los Lobos Espaciales forman un círculo en torno a ellos. Un anillo de armaduras grises y miradas salvajes. Una única figura desentona sobre el resto. Cruzado de brazos, cubierto por su túnica, el Capellán de los Ángeles Oscuros observa la escena.

Egil estudia a su rival. El Ángel Oscuro es más pequeño que él, la armadura verde está parcialmente cubierta por una túnica y en sus placas hay grabados símbolos que para el Lobo carecen de significado. Las inescrutables lentes rojas del casco alado le devuelven la mirada. En su mano porta una espada: un arma austera, sin adornos ni extravagancias. El ojo adiestrado para la guerra del de Fenris le dice que es un arma sólida, un digno rival para su hacha.

Los guerreros reunidos guardan silencio. Sólo el distante sonido de disparos y explosiones rompe la quietud. Es un momento solemne, un momento para el honor y el recuerdo. Los Vlka Fenryka saben respetar el valor de ambas cosas.

“Los Hijos del León apenas se han dignado en acudir”, piensa Egil. “Han enviado sólo a dos de los suyos”. Esboza una sonrisa lupina y murmura para sí:

—Tal vez no tengan agallas para ver cómo su campeón es derrotado.

En el centro del círculo el Sacerdote Lobo termina de recitar la introducción tradicional. Egil no le escucha. Está ansioso por poner fin a esto para poder acudir junto con sus hermanos al frente de la batalla.

—…¡Luchad con honor! — finaliza el Sacerdote Lobo.

El momento llega. Egil eleva su hacha a modo de saludo y su contrincante hace lo mismo. Se aproximan con pasos seguros hasta detenerse justo fuera del alcance de sus armas.

Egil ataca primero. Lo hace con la seguridad de un veterano, un arco amplio y cargado de fuerza que le deja expuesto. Es un ardid que invita a su oponente a atacar para, cambiando la trayectoria del arma, cogerle desprevenido, pero el Ángel Oscuro esquiva dando un paso atrás sin morder el anzuelo.

A su alrededor los Lobos Espaciales estallan en vítores de ánimo.

Egil sonríe. No le gusta que le pongan las cosas fáciles. Será un duelo interesante, se dice.

El Ángel Oscuro lanza ahora una estocada que Egil desvía. Aprovecha el ímpetu de su oponente y le propina una patada frontal que hace retroceder al No Perdonado. El lobo le sigue, lanza una serie de tajos rápidos que únicamente encuentran la espada de su rival.

Se separan de nuevo, ambos en guardia. Trazan círculos el uno en torno al otro, sin precipitarse. El hijo de Russ se lanza a la ofensiva de nuevo y la hoja forjada en La Roca sale a su encuentro. Egil maldice para sí. Se ha precipitado, pero su rival no saca partido a esta oportunidad. La hombrera izquierda de Egil presenta una muesca donde el Ángel Oscuro le ha golpeado. El contraataque ha fallado al buscar las partes más vulnerables de su armadura. Respira aliviado y vuelve al ataque.

Las fintas, las estocadas, los mandobles y los golpes se suceden.  No importa cuánto lo intente el lobo, el ángel siempre lo mantiene fuera de su alcance.  Posee una impecable técnica con la espada y emplea toda su habilidad en defenderse del hacha de Egil. 

El Lobo Espacial se enfurece. La frustración hace mella en él y comete errores, pero el Ángel Oscuro parece incapaz de explotarlos. ¿Es acaso un cobarde? Se pregunta el fenrisiano.

¿Cuánto llevan luchando? Egil ya no sabe si han transcurrido minutos u horas. Ambos acusan el cansancio de la lucha. Pese a su fisiología sobrehumana respiran con agitación y sus movimientos son algo más lentos.

De pronto aparece una oportunidad.

El No Perdonado lanza una estocada. Egil esquiva, rueda sobre sí mismo y se pone en pie con una velocidad que parecería imposible para un guerrero acorazado de sus proporciones. Se sitúa en el lateral de su rival y descarga un hachazo. El golpe conecta justo por debajo de la mochila de energía de la servoarmadura verde. El Ángel Oscuro se ve abrumado por la fuerza del impacto y cae sobre su rodilla. Gotas de sangre salpican sobre el suelo ceniciento

Los Lobos Espaciales aúllan con júbilo. El duelo es para su campeón.
Pero el Ángel Oscuro se levanta y vuelve a ponerse en guardia. 

Egil no lo entiende. El duelo de honor debe ser a primera sangre. Mira a su Sacerdote Lobo quien responde negando con la cabeza. El fenrisiano maldice. ¿Debe dejar pasar ese desafío deshonorable? Por el Primarca que no lo hará. Enarbola el hacha hacia su rival y se lanza de nuevo al ataque aceptando el desafío.

El No Perdonado le recibe con un muro de acero. Bloquea todos sus golpes y le aparta con un puñetazo. La lente derecha del yelmo gris salta en pedazos por el golpe.

Egil se quita el casco liberando su cabello rojo. Lanza un rugido apenas humano y carga de nuevo. La espada y el hacha se encuentran. Los golpes se suceden. La furia del lobo enfrentada a la resolución del ángel. Pero finalmente el de Fenris vuelve a alcanzar a su oponente. El hacha se hunde en la ceramita y la sangre mana de nuevo. Es una herida poco profunda, pero dolorosa. El No Perdonado trastabilla, da varios pasos hacia atrás… Y vuelve a ponerse en guardia. Egil vuelve a atacar.

El duelo ha degenerado en una lucha furibunda. El de la espada está herido, pero continúa con su defensa pertinaz. Tres veces es derribado el Ángel, tres veces vuelve a levantarse.

La furia amenaza con cegar al Lobo Espacial. ¿Por qué no se rinde? Tal vez el ángel quiera obligar a Egil a matarle arrebatándole así el honor de la victoria.

El hijo de Russ no morderá el anzuelo.

Con un golpe descendente atrapa la hoja del No Perdonado y con un giro de muñeca la arranca de su mano. El Ángel Oscuro se arroja a por la espada, pero Egil lo intercepta. El lobo también ha arrojado su hacha. Ambos ruedan por el suelo. El de Fenris propina puñetazos a su oponente, destrozando el frontal del casco alado. Finalmente, el No Perdonado consigue apartar a su rival. Ambos se ponen en pie, el Lobo Espacial casi de un salto, el Ángel Oscuro a duras penas.

El hijo del León mira a su alrededor y alza la mano derecha con la palma hacia el fenrisiano.

Se encamina con dificultad hacia donde cayó su espada y la recoge del suelo para, casi dejándose caer, hincar la rodilla y entregársela al lobo.

Pero la atención de Egil no está en el derrotado hijo del León. Sus sentidos captan algo mucho más importante. Los constantes bombardeos han cesado. Mira a su alrededor esperando respuestas.

El Sacerdote Lobo irrumpe en el círculo.

—¡Traición! —exclama mientras un murmullo amenazador recorre el círculo de guerreros. Grita hacia el Capellán, que ayuda a incorporarse al astartes derrotado.

Egil se dirige a grandes zancadas hacia su yelmo. Los informes inundan los canales de vox de las fuerzas leales: un asalto teleportado de exterminadores con armaduras blancas como el hueso ha masacrado a la corte del Gobernador traidor de Pirrus V y ha desaparecido llevándose con ellos a un prisionero. Con este golpe maestro las guarniciones de herejes han depuesto las armas. La campaña ha terminado.

Una niebla roja se apodera de Egil. Recoge su hacha y con la muerte en la mirada se dirige a grandes zancadas hacia los Ángeles Oscuros que se encaminan a su Rhino. El Sacerdote lobo se interpone en su camino y lo sujeta con fuerza.
—¡Traidores! —el descarnado grito de Egil resuena como el rugido de un animal rabioso. —No tenéis honor. ¡Durante diez mil años hemos intentado enseñaros lo que significa esa palabra, bastardos!

Desde la rampa del Rhino el  Capellán vuelve su yelmo en forma de cráneo hacia Egil y con una voz fría y distorsionada por el emisor de vox responde:

—Y durante diez mil años nosotros hemos intentado enseñaros que, si se interpone en la victoria, el honor es sólo una promesa vacía.

Como veis el relato trata de capturar las profundas diferencias en la doctrina de combate así como en el caracter de dos de las Legiones Astartes más incónicas de Warhammer 40k. Creo que no sólo logra dicho objetivo sino que lo hace sin desmerecer a ninguna de las dos. ¿Qué opináis vosotros?.

Dejad vuestros comentarios y recordad que el relato será leído en el podcast La Torre del Cuervo próximamente.

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